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Carreteando con Caligula

Cuando escribo estas líneas me encuentro con una caña de los mil demonios. La noche anterior, y en medio de una regada celebración, me vi obligado a bajar más de 3 metros cuadrados de pilsener que hoy me tienen por las cuerdas. Luego de unas cuantas aspirinas y una recuperadora ducha, decido enfrentar cara a cara esta maldita resaca.
Recordando el dato de unos amigos y aún algo mareado, dirijo mis pasos al conocido Barrio Brasil, algo así como el barrio Bellavista pero con menos pintamonos en las calles. Siempre me ha gustado andar 'chupando' por acá. Aparte de su bonita arquitectura, el sector es muy tranquilo, recomendado absolutamente para quedar raja sin pasar ningún tipo de zozobra (pero siempre ojo al charqui, no hay que ser hueón ).

entrada
Bar Bahia ubicado en Avenida Brasil nº 589

Comienzo mi recorrido por calle Santo Domingo y a poco andar nuevamente el cuerpo comienza a pasarme la cuenta, una sed terrible invade mi garganta y comienzo a transpirar helado, síntomas inequívocos de estar a pasos de un colapso generalizado. Respiro profundamente tratando de evitar la visita de "guajardo", cuando a lo lejos diviso un verdadero oasis en medio del desierto, a duras penas y como puedo logro llegar a calle Brasil y lo que pensé era una visión mística se hace realidad ahí estaba frente a mis ojos el conocido y ya casi mítico BAR BAHIA. Con lo que me queda de fuerzas logro
traspasar el umbral que separa la vida del delirium tremen y me introduzco sigilosamente a sus dependencias.

entrada2 clientes

Después de saludar a su dueña, la tía Neris, me siento en un rincón del lugar y comienzo a observar a los parroquianos, lo primero que me llama la atención es la atmósfera ochentera que se respira aquí. Mucha lana, morral y pelo largo me dan la bienvenida, mientras la voz inconfundible de Víctor Jara se hace escuchar por todos lados, mesas llenas, comensales de todo tipo y conversaciones que se escurren por todos lados dan al BAHÍA la categoría de "picada clásica" del sector. Antes de que vengan nuevamente los espasmos levanto mi mano y llamo a mi compadre Tito, que de sólo verme la cara comprende de inmediato que lo mío es urgente, que estoy a punto de sucumbir y necesito en forma inmediata una Escudo helada de litro sobre mi mesa (a solo $1.200) y en un minuto me encuentro con el alma en el cuerpo, por lo que dirijo mis pasos al butlitzer a programar un poco de música. No se crea que aquí encontrará Reggeaton, Hip Hop o a los Huasos Quincheros , no, lo del bahía es música popular con algo de rock clásico como Pink Floyd, Charly Garcia, The Beatles, etc

wurt

Luego de tararear algunos temas vuelvo a mi mesa a rematar el último concho de chela que queda en mi botella. Como quedo con sed vuelvo a hacer un nuevo pedido, esta vez más acorde a las circunstancias; no sé si decidirme por un rico ponche con durazno y masitas ( a $1.200) o un vino cosecha Tarapacá (a solo $2.000). Me decido finalmente por lo primero ya que las masitas permitirán que haya algo que botar a la hora de tener que vaciar el estanque. Después de un rato y cuando el durazno comienza a hacer su efecto, diviso a lo lejos a una tierna y bella muchacha que comienza a coquetearme. Ni corto, ni perezoso, la invito a mi mesa. Esa mezcla entre hippie y artesa de las mujeres siempre me ha llamado la atención. Para hacerme el galán pido un ron Barceló para ella ($1.500) y una rica y heladita piscola otra vez con masitas (a tan sólo $1.000 pesos). Conversamos de lo humano y lo divino, me dijo que ella siempre venia al BAHÍA con sus amigas de universidad, que el lugar era top, que tenia onda, que cerraba tarde y un montón de huevadas más que ya ni me acuerdo.

final

Para rematar, y cuando ya me comenzaba a entrar agua al bote, se me ocurre pedir el broche de oro; un rico y exquisito terremoto ($2.500) terminan por darme el golpe de nock out. La minita me miraba con cara de tierna (yo creo que me miraba la cara de huevón que debo haber tenido) y me recomienda que afirme la guata con una chorrillana ($2.500 ) o unas papas fritas ($1.000 la porción). Al terminar, me levanto de la mesa y pago mí cuenta. La cifra que me cobran es tan ridícula que me alcanza para dejar una generosa propina.
Al salir a la calle me doy cuenta que estoy bien chambreado y comienzo a silbar una canción. De repente mi silbido se mezcla con otro que viene de las afueras del local. Es la minita que me llama y que me propone que nos vayamos juntos a su casa, que no me lo había querido decir, pero que es del barrio y vive sola. Sin dudarlo, la tomé de la cintura y enfile con ella por calle Santo Domingo, no sin antes volver la mirada atrás y agradecer al BAHÍA lo que había hecho por mí, nuevamente me encontraba con una de las picadas de antaño.

 

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