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Bueno he salido a la calle como me pidieron, a crear
esta columna. Sin muchas ganas, ya que prefiero
dormir una siesta. Pero aqui estoy... ...buscando, buscando encontré a un socio que aunque costó, quizo contar su historia, la que redacto a continuación: |
Cuando un perro y un grupo de humanos se me acercan identificándose como integrantes de un tal Portal Barrio Brasil y me proponen escribir este artículo, dudo por un instante.
Eso de que un perro ande comentado historias de su vida no me convence del todo. ¿Podría interesar a alguien la vida de un pobre y simple quiltro como yo? Después de una larga discusión que incluyó una fuerte dosis de pelet y luego de morder a uno de ellos, por majadero y zamarrearme con un tal keyko termino por aceptar, convencido de que algo puedo aportar desde mi punto de vista perruno.
Mi vida ha sido de dulce y de agraz. Soy un hijo de perra, eso ya lo sé, también sé que ella era quiltro, y mi padre un perro inscrito, pero desconocido. Fui el más pequeño de una camada de diez hermanos, nacidos y criados en una casa de cartón. Mi madre siempre peleó el alimento para nosotros lo que nos mantuvo unidos por lago tiempo. Cuando crecimos cada cual tomó su camino: al mayor se lo llevó una leva que pasó por las afueras de nuestro hogar. Todavía recuerdo esa tarde cuando un grupo de cachorros llegaron desesperados avisándonos que una perra llamada Rosita venia “alzada”. Salimos a observar de qué se trataba y lo que vimos, fue penoso. La pobre Rosita, con su cola entre las piernas, caminaba presurosa por la calle y tras ella un grupo de perros pulgosos y raquíticos la perseguían sin cesar.
Con mis hermanos nos miramos y comenzamos a sentirnos extraños, una poderosa atracción por aquella perra invadía mi cuerpo, algo que jamás había experimentado y que me tenía vuelto loco. Mi madre, perra experimentada, al darse cuenta de lo que sucedía, me dió un fuerte mordisco en el rabo para tranquilizarme, el que hasta el día de hoy recuerdo. Lo que sucedió después fue de antología, mi hermano mayor al verse sobrepasado por aquél extraño aroma y también al presenciar a la pobre Rosita acechada por tamaña horda de perros, no dudó un instante y de un salto, se abalanzó sobre ellos con una ferocidad que no le conocía. Comenzó a dar mordiscos a quien osaba ponérsele por delante hasta que alcanzó a llegar donde Rosita y en un acto de heroica valentía protegió con su cuerpo a esa perra frágil e indefensa. Aquella fue la última vez que lo ví. A lo lejos logré divisar su cola erguida mezclada con la de los otros perros perdiéndose en el horizonte. Meses después supe por un perro amigo que mi hermano se encontraba bien y en compañía de Rosita, también me contó que se habían cruzado y eran padres de una hermosa y saludable camada, además de vivir y trabajar ambos con un señor cartonero de buenos sentimientos.
De mis otros hermanos, dos se volvieron y no paran de ladrar a cuanto auto pasa por delante de sus hocicos. Según el veterinario que los trató, sufrirían algo así como una "esquizofrenia perruna" que los hace escuchar voces y les harían creer que los autos son vacas. De los restantes, dos siguieron el mal camino y terminaron en la perrera. Sólo mi hermana corrió una suerte mejor.
Acogida por una familia bien, logró cruzarse con un perro de raza. Tuvo sólo tres cachorros y luego se sometió a una operación para no tener más crías, siguiendo el consejo de sus nuevas amistades, todas perras de fina estirpe.
Por mi parte, salí a enfrentar al mundo aquel invierno en que mi madre enfermó y fue llevada de urgencia a la protectora de animales por unos humanos de buen corazón. Ese día, desprotegido y sin abrigo ni bocado, me eché a caminar sin rumbo en busca de mi destino. Hice de todo, fui perro guardián, viví bajo puentes y conocí gran parte de la ciudad gracias a un par de humanos carretoneros. En el devenir de la vida mordí y fui mordido, como también lamí y fui lamido. Nunca me faltó un hueso que roer y al hacer un recuento de mi existencia, el saldo es positivo.
Actualmente vivo en una comunidad perruna con unos amigos en el Barrio Brasil. Las casas son pequeñas en espacio, pero grandes en dignidad. Compartimos nuestras historias así como los alimentos que una caritativa mano amiga nos entrega cada día. Y por las noches, en especial aquellas de luna llena, una nostalgia invade mis pensamientos, y en el plato en que tomo agua, se refleja el rostro de la perra de mi madre y de aquella camada de hermanos que nunca más volví a ver.
Hoy soy un perro viejo, lo sé, mis patas ya no corren como antes y mi hocico luce sus primeras canas. Pero de vez en cuando echo un vistazo atrás y comienzo a mover la cola de alegría, recordando los buenos tiempos que vienen a mi mente. Después de todo y por la experiencia que dan los años, puedo dar fe de lo noble y entretenida que puede ser la vida, una como la mía, una vida… una vida de perros.

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