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Cuentos

Sección dedicada a mostrar el maravilloso mundo de los cuentos, periódicamente iremos entregándoles más para que puedan leer.
Si tienes cuentos y quieres darlos a conocer, portalbarriobrasil.cl te brinda el espacio para que puedas hacerlo y mucha gente podrá disfrutar de tus obras
.

LA CAMISA

Transcurrían los tiempos en los que ciertos poderosos señores eran dueños absolu­tos de dilatadas tierras y mantenían ejércitos que de­fendían sus personas y ha­ciendas.
Uno de éstos, el conde Zugof, era muy avaricioso. A pesar de tener extensas posesiones, decidió apro­piarse las de un vecino suyo, el cual era tan bondadoso y caritativo, que empleaba el dinero que le daban sus co­lonos en pago de un baratí­simo arrendamiento, para remediar las necesidades que a los mismos creaban a veces malas cosechas o en­fermedades de los arrendatarios.
El buen Ivanhoe, (que así se llamaba este hombre) no tenía gente armada para su defensa, ya que todos los que le rodeaban le querían tanto, que su menor deseo era para ellos una orden.
A los oídos de este buen señor, llegaron un día los planes del feroz conde Zugof. Los colonos de Ivanhoe se ofrecieron para salir ar­mados al campo para luchar contra el invasor de su amo, el amigo de los pobres, pero Ivanhoe les dijo: —Mucho me apena, que la ambición se haya adueñado del cora­zón del conde Zugof. Sin embargo, no quiero que por mi causa se derrame sangre. Que vaya mi administrador al castillo del Conde y le diga que le entrego to­das mis tie­rras, pero que no ha­ga daño a mis colonos, ni luche contra ellos. Después de esto, que me designe un sitio donde pue­da acabar mis días, y allí me iré.
Era tan grande su autoridad, que al fin se hizo lo que él deseaba llegó su representante a presencia del avaro Conde y éste, después de oírle, ordenó:

---decid,   a   quien   hasta hoy fue vuestro dueño, que puesto que no tiene autori­dad para mandaros ni para hacerse respetar, le enviaré a los montes de este gran condado mío que hoy ex­tiendo, para que allí cuide de los cerdos, comiendo lo mismo que ellos comen.

El mensajero regresó lle­no de tristeza y comunicó al buen Ivanhoe la decisión del invasor. Se despidió Ivanhoe de sus amigos y, sin exhalar siquiera una queja, se encaminó a su destierro.
Mientras tanto, el malvado Zugof, para celebrar su con­quista, organizó una gran cacería.
Pero al perseguir un ve­nado, el caballo del Conde tropezó y el jinete cayó al suelo con tan mala fortuna que quedó sin conocimiento, y así fue llevado a su cas­tillo.
Recobró el sentido, mas no la salud.
Así pasaron varios meses, hasta que, cierto día, un mé­dico dijo que volve­ría a estar bien si se ponía la camisa de un hom­bre feliz.
Se enviaron mensajeros por todas partes en busca de tal prenda, pero ninguno conseguía encontrarla. Sin embargo, uno de los emisarios, cuando descansaba tendido en el bosque, oyó una voz, la del buen Ivanhoe, que decía:

---Los árboles me dan su frutó; mi sed, las fuentes apagan; y este bello paisaje, deleita mi espíritu. Bien puedo considerarme feliz.

El mensajero del Conde enfermo corrió al castillo y dijo a su amo:

---Señor, he encontrado al hombre feliz. Vive en el bosque que se ve desde este castillo

Mandó el avaro Zugof que le llevaran al bosque lo más aprisa posible. Una vez en él, se dirigió donde esta­ba el hombre feliz.
Cuál no sería su sorpresa al reconocer al buen Ivanhoe, al que ignominiosamente había des­poseído de todos sus bienes.
Aún no repuesto de su sorpresa, exclamó:

---¡Oh! ¿Eres tú quizás el hombre feliz?
---Sí, contestó el buen Ivanhoe.
---dame, entonces, tu camisa para que yo me la ponga! ¡Te daré a cambio la mitad de mis riquezas!

Pero Ivanhoe entonces descubrió su cuerpo. El hom­bre feliz no tenía camisa si­quiera.  El malvado Conde hubo de regresar al castillo cada vez más enfermo.
Murió el avaro y, extendi­da la fama de las virtudes del buen Ivanhoe, todos le proclamaron como dueño absoluto de aquellas tierras, que primero unió la avaricia y luego consolidó la bondad.

 

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